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Mascapiedras

Decían que Mascapiedras cogía las piedras del piso, se las metía en la boca, y las devolvía al suelo hechas polvo.

En todas las ciudades, grandes y pequeñas, siempre hay personas que se roban la popularidad, y hasta cierto punto el cariño de todos. Los mendigos son buenos candidatos en tal certamen. Buenos también son aquellos que en su afán de lograr alguna hazaña, a veces sin mucha explicación para los que se creen cuerdos, corren, o cantan, o hacen lo que su imaginación les indique, todo el día, sin cesar. Muy en especial se les toma a los que por su naturaleza tienen el físico, o el entendimiento, distinto a los demás. Y así, en todas partes siempre hay alguien, por lo general sin proponérselo, que llega a ser la celebridad del pueblo.

La ciudad paternal nuestra, San Juan de los Remedios, o simplemente Remedios, tenía varias personas de grata popularidad. Siendo una ciudad cubana, se mantenía la costumbre de la isla al apodar a sus ciudadanos peculiares. La práctica común era dejar el nombre de pila y cambiar el apellido por la característica propia de la persona. Si en un pueblo había un señor llamado Jesús, al que le faltaba un brazo, muy probable le llamaran Jesús, o Chucho, el Manco. No demostraba falta de respeto, simplemente era más fácil identificarlo así. Y como el señor Jesús sabía que no era a mal, más bien por cariño, no se ofendía.

En algunos casos se hacía lo contrario. Se le apodaba el nombre y el apellido permanecía, como en el caso del Andarín Carvajal. Pero por lo general, siempre se le unía al apodo el nombre o el apellido. De tal forma, en caso de que hubieran dos personas con incapacidad al caminar en el mismo pueblo, se les podían distinguir llamándoles Pepé el Cojo y Perico el Cojo.

En Remedios vivió un personaje que sólo necesitaba el apodo. Es más, nunca oímos a nadie referirse a él por ningún otro nombre, y todo el pueblo le conocía. A tal señor se le llamaba Mascapiedras. Porque en toda Cuba, que nosotros sepamos, sólo ha habido una persona con una dentadura tan prodigiosa como la de este señor.

Fueron muchos los relatos que oímos de Mascapiedras, y muchas personas afirmaban que sí mascaba las piedras. No sabemos hasta que punto creer tales cuentos. Pero sí tomamos por verídicos que pelaba con los dientes la caña de azúcar antes de comérsela. Y también cierto es que en una ocasión tomo un garrafón de cristal, de los que se usan para el agua, y de una mordida le partió el pico. Empezó a mascar. Momentos más tarde, expulsó hecho polvo de cristal lo que había sido la boca del botellón.

Esa es la historia que todo remediano conoce. Pero nosotros, como muchachos intranquilos que éramos, indagamos más en la vida de nuestro admirado héroe. Y nuestros abuelos, que sabían que con cuentos de calle no nos convencían, ejercitaban sus memorias para que no molestáramos más. Eventualmente nos contaban detalles, que cuando salían a relucir en las tertulias familiares y de amigos, muchos recalcaban como cierto.

Mascapiedras era un señor negro. De talla alta y dimensiones corpulentas. Nos contaban que era una persona de carácter muy respetuoso. Y también muy respetado, no tanto por su fuerza física, sino por su personalidad seria y caballerosa. Nos dijeron que cuando caminaba por las calles de Remedios cantaba en voz baja y ronca. Y los niños le tenían terror, los jóvenes y adultos mucha estimación.

Su origen no se nos fue nunca definido con claridad. Tal vez haya nacido en Remedios, o tal vez no. Lo que sí sabemos es que nació en tiempo de la colonia, muy posible bajo la esclavitud. Ya cuando nosotros llegamos a tener uso de la razón, por allá por el año 1960, ya había fallecido hacía algún tiempo.

Mascapiedras era sepulturero y dormía en el cementerio. Su cama era la camilla donde se tendían los difuntos para hacerle la autopsia. Y esto sí lo creemos a plenitud, porque nos lo dijeron personas de una seriedad absoluta. En varias ocasiones se dio el caso en que tenían que esperar hasta el otro día para poder sepultar al cadáver. Esas noches, Mascapiedras durmió en la misma camilla donde descansaba el cuerpo sin vida. Dicen que acomodaba a su compañero a lo largo de una mitad y él se acostaba en la otra. Entonces, antes de cerrar los ojos, siempre con las mismas frases, aclaraba las reglas de la casa. - “Hermano, usted en su lado y yo en el mío. Si usted no me molesta, yo no le molesto. Buenas noches.” -



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Última Revisión: 1 de Julio del 2003
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