|
El Municipio de Trinidad |
| “Días de Trinidad” |
| “Puesta de Sol en Casilda” |
| Ciudades, Pueblos y Lugares de Cuba |
“Puesta de Sol en Casilda” en el libro “Días de Trinidad” por Enrique Serpa editado en 1939. |
 |
“Puesta de Sol en Casilda” |
I |
“Casilda -espíritu simple y puro- desnuda al primer contacto su alma límpida. Es un pueblo de intimidad, con una sola calle, porque ninguna de las casas quiere demorarse en dar su salutación al forastero. Pero, no; no es eso. Las casas se juntan, se ciñen unas a otras, porque así sienten menos la ausencia de sus hombres que, para ganarse el sustento las abandonan de cuando en cuando y se van al Golfo. Pueblo de silencio y paz, sin voces humanas, sin ruidos inútiles, donde hasta los autos opacan su respiración mecánica para no turbar la quietud. Pueblo de pescadores, cuyos hombres aprendieron la lección de silencio ofrecida por la soledad del mar infinito, la eterna mudez de los peces y la impasibilidad del horizonte. |
“Casilda es -en mi ilusoria colección de paisajes- una estampa poética. No existe aquí, ciertamente, la grandiosidad en la hermosura que posee el valle de San Luis. Ni la imponente majestad de la Sierra, que deja el ánimo en suspenso. Ni el encanto insinuante y sugerente de la ciudad vetusta. Y en vano se buscaría la belleza -salvaje en ocasiones- de la carretera de Collantes, donde, de vez en vez, la admiración se intensifica con la emoción del riesgo. No existe aquí, no, belleza que sobrecoja, ni majestad que conmueva, ni hermosura que deje absorto. Pero se encuentra, en cambio, la gracia de la beatitud. |
“Beatitud que se siente y no se acierta a explicar. ¿Cómo describirla..? ¿Cuáles vocablos no resultarían, al definirla, sonoros en exceso, demasiado vivos, bastos, groseros...? Beatitud inefable, maravillosa, que es, más que nada, cosa de ambiente. Su gracia penetra en el espíritu con el aire que se respira, con el paisaje que se contempla. Se entra en Casilda como en un baño de paz, con una sensación de plenitud. Así me acontece a mí. Apenas violo la soledad de su calle, me sumerjo en el encanto de una atmósfera de embeleso. No es alegría, no es júbilo, ni siquiera es euforia lo que gozo, sino un sentimiento indefinible, como una embriaguez recóndita, que me satura de quietud y de serenidad, casi de renunciación. Cosas que me parecían vitales, ahora, de súbito, ya no me interesan. Casi estoy a punto de perder la noción de la realidad inmediata. Continúo, no obstante, caminando. Caminando como un sonámbulo. Y mis sentidos adquieren insospechada sensibilidad. Percibo presencias extrañas, relaciones sutiles, cosas que nunca había percibido. El espíritu de este pueblo de intimidad y de beatitud anega mi mundo interior. Siento que soy uno, por un milagro de consustanciación, con el pasaje. El silencio me envuelve integramente, y es como si en sueño me hubiera hundido plácidamente en un acuarium. |
II |
“La calle única de Casilda se prolonga en un embarcadero. No es sino una armazón de tablas, montada sobre corpulentos pilotes, que avanza varios metros sobre el mar. Pero vale, más que nada, porque guarda un sentido alegórico. Pueblo de mar, nacido por el mar y por el mar mantenido, Casilda no quiere apartarse con brusquedad del agua. Y, para prolongar la ilusión del contacto, se adhiere a esta suerte de cordón umbilical. |
“Aquí enriquezco mis recuerdos con una maravillosa puesta solar. El poniente, vestido sólo con matices tiernos, -lila, nácar, azul de humo, rosa muy tenue-, es un lindo relicario. Relicario digno de recibir un sol -marchito ya- que semeja una medalla de oro. La Sierra abrupta, -pulida, dulcificada por la distancia-, parece arropada en un tul pálido. Y contra la delicadeza de un fondo tal resaltan, espesos y oscuros, dilatados macizos de mangle. |
“Y, además, tengo bajo el crepúsculo dorado la belleza del puerto. Sobre el agua dormida -¿agua o silencio que se ha hecho visible?- resbalan oblicuamente los agónicos rayos del sol. Y la llanura liquida -de un tono azulado-verdoso- se hace toda una fugitiva floración de reflejos. Se ven, a lo lejos, la Punta de San Pedro y la Punta Real. Semejantes a manos ávidas, se acercan, unánimes en el impulso codicioso, para estrechar a la rada en un abrazo que habría de ser funesto. Y la rada, si no lo sabe, lo intuye. Por ello escapa de la caricia mortal. Y, al escapar, se amplía, se redondea, y llena maravillosamente sus formas como una núbil que se torna mujer.” |
|
|